El fideicomiso de Robert había quedado protegido definitivamente. David fue reconocido como hijo biológico mediante las pruebas correspondientes y recibió los derechos que su padre había establecido para él, sujetos a las condiciones legales del fideicomiso.
La propiedad valorada en más de dos millones de dólares permaneció protegida para su beneficiario legítimo.
Y mi casa seguía siendo exclusivamente mía.juntos.
No permitas que la codicia de otras personas te haga dudar del valor de tu propia vida.
Una casa puede tener un precio, pero un hogar está hecho de recuerdos, amor y dignidad.
Y nadie tiene derecho a arrebatártelo».
Apreté la carta contra mi pecho.
Por primera vez en mucho tiempo, lloré sin sentir rabia.
Un año después, mi casa volvió a estar llena de vida, pero esta vez por decisión mía.
Pinté las paredes, cambié los muebles de la sala y coloqué nuevamente las fotografías de Robert donde siempre habían estado.