Me quedé de pie, sin aire.
—Yo no firmé nada que entregue el trabajo de mis hijos. Hace años ese trabajo no existía.
Mason negó con la cabeza.
—Ella dice que la fecha alcanza. Y dice que si yo hablo otra vez, me manda con su hermana y no vuelvo a ver a Daniel.
Detrás de él, en el cristal empañado, vi el reflejo de un coche oscuro que no se iba. Vanessa esperaba. Daniel, en algún lugar entre el puesto y la verdad, todavía no cruzaba la puerta.
Rebecca no dejó que el coche oscuro decidiera la tarde. Llamó al comité y adelantó la conversación a una sala con testigos. No era un
juicio. Era una mesa larga, una jarra de agua y demasiadas sillas para tan poca paz.
Elena se sentó a mi derecha. Eli y Owen, a mi izquierda. Mason ocupó la silla del extremo, la más cerca de la puerta, como si todavía pudiera arrepentirse. La profesora de ciencias trajo las fotos. La señora Ruiz trajo las cartas. Daniel llegó cuando ya habíamos empezado, y detrás de él entró Vanessa con una carpeta nueva y la calma de quien cree que el último papel gana.