Creyeron que habíamos muerto después de lanzarnos por un precipicio y mi nuera todavía llevaba el anillo que me había robado mientras decía: “Todo esto ya nos pertenece”. Mi esposo me pidió que no llorara, llamó al abogado y bloqueó cada cuenta. Al día siguiente, nuestro hijo preparó dos ataúdes vacíos sin saber quién entraría por la puerta trasera.

Fue en ese momento cuando apareció Ernesto, el agente de seguros.

Entró mirando hacia ambos lados.

—Tenemos un problema serio.

Daniel se abalanzó sobre él.

—Necesito ese dinero.

—No vas a recibirlo.

—Tú prometiste acelerar el pago.

Ernesto bajó la voz.

—Tu padre cambió los beneficiarios hace dos días. Si ambos fallecen, el dinero irá a tu tía Lucía.

Daniel se quedó inmóvil.

Roberto me miró.

Yo tampoco sabía que lo había hecho.

—Era una precaución —me susurró—. No estaba seguro de nada, pero no quería dejarles el camino libre.

La discusión continuó al otro lado.

Ernesto estaba asustado porque alguien le había enviado una parte de la grabación. Daniel necesitaba dinero porque la constructora ya había detectado movimientos irregulares. Y Paola, desesperada, propuso algo que terminó de destruir cualquier duda sobre su carácter.

—Entonces pedimos dinero a la familia —dijo—. Les contamos que tus padres dejaron deudas. Todos están aquí. Si cada uno ayuda, podemos juntar bastante.

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