Me equivocaba.
Lo que más dolía era descubrir que ya no sentía el impulso de salvarlo.
—Diles que fue un accidente —suplicó—. Podemos arreglarlo. Soy tu hijo.
Me acerqué.
—Precisamente porque eres mi hijo tuviste todas las oportunidades de detenerte.
Él lloró.
—Perdóname.
—Te habría perdonado una deuda. Te habría perdonado perder un trabajo. Incluso habría vendido algo mío para ayudarte si hubieras venido a pedírmelo.
Mi voz se quebró por primera vez.
—Pero tú decidiste que nuestra vida valía menos que tu problema.
No dije nada más.
Se lo llevaron.
Paola salió detrás de él.
Antes de cruzar la puerta volteó hacia nosotros, quizá esperando compasión.
No la encontró.
Los meses siguientes fueron agotadores.
Tuvimos que declarar muchas veces. La Fiscalía reconstruyó el viaje, revisó teléfonos, cámaras, movimientos financieros y peritajes sobre las firmas falsificadas.