Cuando mi esposo supo que esperaba nuestro decimocuarto hijo, se fue con otra mujer. Años después, volvió y me suplicó que lo aceptara de vuelta.

Y cada año, en el aniversario de la apertura de nuestra pastelería, nos hacíamos una foto familiar.

Catorce hijos.

Una madre.

Y ni rastro de Daniel.

Nunca me puse en contacto con él.

A veces me llegaban noticias de su vida.

La mujer por la que me había dejado finalmente lo abandonó a su vez.

Su trabajo se volvió inestable.

Se mudaba de ciudad en ciudad.

Según parece, a veces preguntaba por nosotros a viejos conocidos, pero nunca llamó.

Pasaron los años.

Hasta que una tarde lluviosa, alguien llamó a mi puerta.

Cuando abrí, apenas lo reconocí.

Daniel parecía más viejo de lo que realmente era.

Tenía canas en las sienes, su abrigo estaba completamente empapado, y la confianza que alguna vez tuvo había desaparecido sin dejar rastro.

Durante unos segundos nos miramos en silencio.

Y entonces se arrodilló.

—Cometí el mayor error de mi vida —dijo.

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