Con mis ahorros y mi nuevo trabajo compré un departamento luminoso, mucho más pequeño que aquel de Guadalajara donde vivía con Héctor. Elegí mis muebles, abrí una cuenta bancaria a mi nombre y coloqué sobre la mesa un sencillo recipiente de vidrio azul.
No era el frutero de mi abuela. Ese no tenía arreglo. Pero cada vez que lo veía recordaba algo que ella solía decirme:
«Lo que se rompe por accidente puede repararse. Lo que alguien rompe para humillarte no tienes obligación de recogerlo».
Durante dieciséis años creí que amar significaba aguantar, callarme y hacerme pequeña para que otro se sintiera grande.
Ahora sé que una mujer puede perder una casa, un matrimonio y las certezas que sostuvo durante media vida sin perder su capacidad de reconstruirse.
Héctor me echó de su departamento convencido de que me estaba dejando sin nada.