Cuando me llevaron hasta él, Robert estaba acostado en una cama de hospital.
En cuanto me vio, sus ojos se llenaron de lágrimas.
—Margaret, perdóname.
—¿Quién es
Elizabeth para ti? —le pregunté.
Permaneció en silencio durante mucho tiempo.
Entonces pronunció unas palabras que me estremecieron más que cualquier confesión de infidelidad.
—Ella es la razón por la que hoy estás viva.
Me quedé paralizada.
Robert me explicó que, 53 años atrás,
tres días antes de nuestra boda, yo había enfermado gravemente. Mi estado había empeorado tanto que los médicos recomendaron una operación de urgencia.
Recordaba el hospital, pero no los días que siguieron.
Resultó que había necesitado un donante vivo con una compatibilidad muy poco frecuente.
Elizabeth se había ofrecido voluntariamente.
Había aceptado donarme uno de sus riñones con una sola condición: que yo nunca descubriera que había sido ella.