Después de cinco años bañando a mi esposo paralítico, lo escuché reírse y decir que yo era “una enfermera gratis”. Ese día no grité… ese día empecé a quitarle todo sin que se diera cuenta.

No dormí bien.

El cuerpo no aprende libertad en una noche. TratarEl Insomnio

Me desperté varias veces esperando su voz.

“Brenda.”

“Brenda, agua.”

“Brenda, voltéame.”

“Brenda, no seas inútil.”

Pero Claudia estaba en la sala.

Y cada vez que el impulso de levantarme me jalaba, apretaba la almohada y me repetía:

No soy cruel.

Estoy viva.

A la mañana siguiente, Esteban no me habló.

Mejor.

Hice café, calenté una concha que yo sí compré para mí y me senté en la mesa.

La primera mordida me supo a culpa.

La segunda, a victoria.

A las diez llegó mi abogada, la licenciada Rebeca Salas.

Entró con tacones bajos, carpeta negra y una mirada que no pedía permiso.

—Buenos días.

Esteban fingió dignidad.

—No voy a hablar sin mi abogado.

—Perfecto —dijo ella—. Entonces solo voy a notificar.

Tomás también llegó.

Claro.

Los buitres siempre reconocen el olor de la pérdida.

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