La levanté y caminé lentamente hacia la ventana.
Afuera, las luces de la calle iluminaban el jardín que todavía no había terminado de arreglar.
Daniel nunca había podido conocer aquella casa.
Pero yo había comprado aquel lugar pensando en nuestra hija.
Y ahora entendía algo que nadie me había enseñado:
proteger a mi hija no siempre significaba luchar.
A veces significaba decir “no”.
Aunque doliera.
Aunque fuera tu propia familia quien se enfadara.
Pasaron tres meses.
Mi madre no volvió a aparecer sin avisar.
Isabella me escribió varias veces. Al principio fueron mensajes llenos de reproches. Después, uno diferente.
“Lo siento. Yo sabía que mamá estaba cruzando una línea, pero no tuve valor para detenerla.”
No respondí inmediatamente.
Una semana después contesté:
“Cuando quieras hablar, podemos hacerlo. Pero mi casa y Lily no son negociables.”
Aceptó.
Poco a poco, las cosas cambiaron.