No lloré al leerlo. Tampoco sentí la necesidad de correr a abrazarlo. Pero, por primera vez, vi una posibilidad.
Meses después, mi padre aceptó asistir a una ceremonia en la que recibí un nuevo reconocimiento por mi servicio. Se quedó al fondo del salón y no intentó llamar la atención.
Al terminar, se acercó despacio.
—Estoy orgulloso de ti, Meredith —dijo con la voz quebrada—. Debí decírtelo hace muchos años.
Lo observé durante unos segundos.
—Gracias, papá. Pero necesito que lo demuestres con tus acciones.
Asintió. No hubo un abrazo de película ni una reconciliación instantánea. Solo un primer paso, pequeño y sincero.
Y para mí, eso fue suficiente.
Esa noche, al regresar a casa, Daniel me preguntó si me arrepentía de haber llevado mi uniforme en lugar de un vestido de novia.
Sonreí y apoyé la cabeza en su hombro.