Diez años atrás, la prima de doce años de mi marido sustituyó el confeti de nuestra boda por huevos podridos y convirtió mi vergüenza en el chiste de toda la familia. “Perdónala, todavía es pequeña”, me pidieron. Nunca recibí una disculpa sincera. En su boda, con mi hijo de nueve años a mi lado, sonreí al ver lo que estaban proyectando… y abrí mi bolso.

Ricardo se acercó furioso.

—¡Ya estuvo bueno! ¡Es una boda, no un juicio!

—Tienes razón —contesté—. Y precisamente por eso voy a dejar de permitir que esta familia me juzgue cada vez que me niego a entregar dinero.

Saqué una carpeta de mi bolso.

Durante nuestro matrimonio había pagado ochenta mil pesos para la boda de su hermana, más de ciento cincuenta mil en tratamientos médicos de Beatriz y buena parte de los gastos universitarios de Camila.

También había cubierto reparaciones de casas, préstamos familiares y celebraciones que Ricardo prometía sin consultarme.

—Todo esto salió de mis cuentas —expliqué—. Nunca les cobré intereses. Nunca les pedí que me lo devolvieran. Solo esperaba un poco de respeto.

Beatriz miró los documentos sin decir nada.

—Y ahora quieren que entregue otros doscientos ochenta mil pesos a una persona que todavía disfruta recordando cómo me humilló.

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