Cuando regresé, varios familiares seguían riéndose y algunos tenían sus teléfonos levantados.
Quise llamar a la policía, pero mi suegra, Beatriz, me sujetó del brazo.
—¡No seas exagerada, Mariana! ¡Camila solamente tiene doce años! ¿Vas a destruir a nuestra familia por una travesura?
Miré a Ricardo esperando que me defendiera.
—Mi amor, no hagas un escándalo —murmuró—. Todos nuestros parientes están aquí. Después hablamos.
Nunca hablamos.
Durante diez años, aquella humillación fue una anécdota divertida en las reuniones de la familia Salazar. Cada vez que alguien mencionaba nuestra boda, aparecían las mismas carcajadas.
Yo aprendí a sonreír sin responder.
Con el tiempo nació Mateo, nuestro único hijo. Ahora tenía nueve años y era lo más importante de mi vida.
Una noche, durante la cena, Ricardo anunció:
—Nos vamos a Atlixco el próximo fin de semana. Camila se casa con un muchacho de mucho dinero. Mi mamá quiere que estemos todos.