Recibí el ascenso que había pospuesto por tantos conflictos familiares.
Mateo y yo comenzamos una vida mucho más tranquila.
Un domingo fuimos a una zona natural autorizada, acompañados por una persona que sabía cómo manejar anfibios. Allí entregamos el sapo para que pudiera ser devuelto a un hábitat adecuado.
Mientras regresábamos, Mateo me tomó de la mano.
—Mamá, ¿crees que Camila algún día va a pedirte perdón de verdad?
—No lo sé, cariño. Pero ya no necesito esperar sus disculpas para estar en paz.
—¿Y si alguien vuelve a burlarse de ti?
Sonreí.
—Me defenderé. Sin quedarme callada, pero sin convertirme en alguien cruel.
Mi hijo apoyó la cabeza en mi hombro.
—Entonces yo también quiero aprender a hacerlo así.
Le besé la frente.
Durante mucho tiempo creí que mantener unida a una familia significaba soportarlo todo. Callar para evitar discusiones. Perdonar para no incomodar. Entregar dinero para demostrar cariño.