Aquello me dolió de una forma distinta.
Durante meses yo había pensado que conocía todos los temores de mi hijo. Le preguntaba si tenía dolor, si necesitaba algo, si quería que llamáramos al médico. Nunca se me ocurrió preguntarle qué recuerdos le daba miedo perder.
Y entonces Theo dijo algo que me hizo volver a mirar la hoja doblada.
—Jack escribió unas líneas después de esa conversación. Sabía que probablemente nadie me iba a creer cuando apareciera de rojo. Me dijo que las guardara por si algún día necesitaba demostrar que no estaba inventando nada.
Mi hermana Irene, sentada detrás de nosotros, se inclinó hacia delante.
—Eso no pudo pedirlo Jack —murmuró.
No lo dijo con maldad. Irene también había visto morir a su sobrino. Pero sus palabras llegaron hasta el estrado.
Theo las escuchó.