Durante tres Navidades consecutivas, Theo abrió regalos junto a nuestro árbol como si fuera nuestro segundo hijo.
Jack nunca preguntó por qué lo incluíamos. Para él, Theo siempre había pertenecido a esa casa.
Cuando los médicos encontraron la enfermedad de Jack, ya estaba demasiado avanzada.
Pasamos catorce meses entre tratamientos, consultas y noticias que cada vez costaba más escuchar. Hubo días en los que nuestro hijo no podía levantarse de la cama, pero todavía encontraba fuerzas para bromear cuando escuchaba llegar a su amigo.
Theo hacía la tarea sentado en el piso de su habitación, le llevaba botanas que Jack casi nunca podía terminar y fingía reírse de películas que los dos ya habían visto veinte veces.
A veces se quedaba dormido en una silla junto a la cama.
Vio a Jack perder el cabello, el apetito y las fuerzas. Lo acompañó incluso cuando ya no encontrábamos palabras para animarlo.