Daniel la miró.
Luego cerró suavemente los dedos de Theo alrededor del metal.
—Claro que tiene sentido.
—Pero Jack ya no está.
Mi esposo tardó en responder.
—Lo sé. Y eso no cambia que tú sigas siendo parte de esta familia.
Theo apretó los labios.
—No quiero que sientan que tienen que cuidarme por él.
—No es por obligación —le dije—. Jack nunca tuvo que pedirnos que te quisiéramos. Eso pasó solo.
Por primera vez desde el funeral, Theo se permitió llorar sin esconderse.
Nos quedamos en la cocina durante mucho rato.
No hablamos solamente de Jack.
Theo nos contó cómo estaba su hermana, qué planes tenía para terminar la preparatoria y cuánto le estaba costando concentrarse en las clases.
Daniel escuchó con una atención que antes habría reservado para su propio hijo.
Al despedirse, Theo se detuvo frente a la habitación que había usado desde pequeño.