—No fue a encontrarse con otra mujer. Entró al hospital con ese maletín.
Su voz se quebró.
—Y fue directamente a la habitación de Lucía.
Mi madre apretó la fotografía contra su pecho.
—¿Qué hacía allí?
Camila comenzó a llorar otra vez.
—Le leía un cuento.
Nos miró.
—Abuelita, todas las noches va a leerle ese mismo libro.
Señaló la pasta azul.
—Lo abre a las ocho en punto y se queda con ella hasta que se duerme.
Sentí que se me formaba un nudo en la garganta.
—¿Cómo sabes que lo hace todas las noches?
—Una enfermera me lo contó.
Camila respiró profundamente.
—Le pregunté quién era ese señor. Me dijo que lo conocían muy bien porque nunca faltaba.Miró a mi madre.
—Nunca, abuelita. Ni una sola noche.
El silencio cayó sobre la cocina.
El pay de chocolate seguía intacto.