Otra:
—Un vecino necesita que lo ayude con una reparación.
Y otra:
—Quedé de recibir a una persona en mi casa.
Mi madre aceptaba todas sus explicaciones.
Yo no.
Una tarde le pregunté:
—Mamá, ¿no te parece raro?
Ella levantó la mirada de sus plantas.
—¿Qué cosa?
—Que Roberto siempre tenga algo que hacer exactamente a la misma hora.
Suspiró.
—Es un hombre ocupado, Mariana.
—Pero nunca se queda a cenar tranquilamente.
—Sí cena con nosotros.
—Sabes a qué me refiero.
Mi madre dejó las tijeras de jardinería sobre la mesa.
—Hija, después de tantos años sola, por fin encontré a alguien que me hace feliz. No quiero pasarme el tiempo buscando razones para desconfiar.
Sus palabras me hicieron sentir culpable.
Pero mis dudas no desaparecieron.
Había otro detalle.Después de seis meses de relación, mi madre todavía no conocía la casa de Roberto.