Javier le devolvió el gesto.
—La placa no los hace buenos —continuó—. El uniforme no los vuelve justos. La autoridad no les pertenece. Se les presta. Y si la usan para pisar a alguien, tarde o temprano la verdad les cobra.
Los reclutas miraron la banca.
Una niña pequeña se sentó junto a Tomás con un helado en la mano.
Su abuelo le pidió permiso con una sonrisa.
Tomás se movió para hacerle sitio.
La banca ya no era de unos pocos.
Era de todos.
Y esa era la victoria real.
No los titulares.
No las detenciones.
No las cámaras.
La victoria era que, en el mismo lugar donde un hombre fue obligado a arrodillarse, ahora cualquiera podía sentarse sin miedo.
Javier terminó con la frase que llevaba años repitiendo:
—El poder teme tres cosas: cámaras, valentía y verdad. Cuando vean una injusticia, no se escondan detrás del silencio. Porque el silencio también firma informes falsos.