El Convento de Santa Clara apareció entre la niebla poco después de medianoche.
Era un edificio enorme, construido sobre una colina.
Las paredes de piedra estaban cubiertas de humedad.
No había luces encendidas.
Ni una sola.
Camilo detuvo la camioneta frente a las enormes puertas de madera.
—¿Está seguro de que aquí vive alguien?
Fonseca bajó.
—Sí.
Miró las ventanas.
Todas estaban cerradas.
Excepto una.
En el tercer piso.
Una figura estaba parada detrás del cristal.
Una mujer.
Vestida de negro.
Mirándolos.
Camilo salió del vehículo.
—¿La ve?
Fonseca asintió.
La figura levantó una mano.
Y apagó la luz.
—Vamos.
Entraron.
El interior olía a incienso viejo y humedad.
En la pared principal había decenas de retratos de monjas.