—Doctor… dígame que usted también la vio.
Fonseca no respondió.
Se acercó lentamente a la camilla.
No había señales de que alguien hubiera movido el cuerpo.
Ni sangre.
Ni huellas.
Ni siquiera una arruga en la sábana.
Solo aquella frase.
AHORA YA SABEN DÓNDE ESTÁ LA PUERTA.
Fonseca pasó un dedo cerca de las letras.
Todavía estaban húmedas.
—Camilo.
—¿Sí?
—No llames a la policía.
El joven lo miró incrédulo.
—¿Cómo que no?
—Porque si esas personas de afuera son quienes creo que son, llamar a la policía no va a ayudarnos.
—¿Y qué se supone que hagamos?
Fonseca levantó la llave negra que había encontrado en el hábito.
—Vamos al convento.