Parte 1. La boda perfecta
Me llamo Margarita Benítez, tengo sesenta y cuatro años y soy maestra jubilada. Cuando me casé con Daniel, un empresario próspero de treinta y un años, casi toda mi familia cuestionó mi decisión con cariño y con miedo. Algunas primas dudaban en voz baja y mis hermanos callaban para no herirme. Yo les decía que la edad no medía el amor, porque necesitaba creer que aquella felicidad tardía era posible. Había pasado años sola, entre libros y silencio, y volver a sentirme acompañada me parecía un regalo.
Daniel era dueño de una empresa próspera y de una mansión elegante, y vivía sin preocuparse por las finanzas. Yo, en cambio, vivía de una modesta pensión y había aprendido a administrar cada gasto. Cuando alguien me preguntaba por qué un joven guapo y adinerado querría casarse con una mujer de mi edad, yo respondía con una seguridad que a veces era más defensa que certeza. De verdad creía que me amaba, y su ternura diaria me parecía una prueba más sólida que cualquier sospecha ajena.