Las cámaras no destruyeron nada.
Solo le mostraron lo que ya estaba roto.
Besó la frente de su hija mientras el sol comenzaba a ocultarse detrás de los árboles.
Había perdido un esposo, una suegra y la vida que pensó que tendría.
Pero había recuperado algo mucho más importante:
su dignidad, su casa, su tranquilidad y la certeza de que nunca volvería a entregar su vida a alguien solo porque esa persona exigiera llamarlo amor.