El médico se acercó después, con la calma de quien ya no trae malas noticias, y nos confirmó que no habría otra operación. Me explicó que las crisis estaban controladas, que mi cuerpo seguiría su recuperación fuera del hospital y que el descanso, la calma y la vida normal serían ahora mi tratamiento. Le pregunté si hablar con Ana, reír o pasear podía dañarme, y me respondió que no, siempre que no forzara recuerdos ni convirtiera cada encuentro en una prueba. Asentí, porque sus palabras coincidían con lo que yo mismo había escrito en el cuaderno, y sentí que el hospital, por fin, dejaba de ser el lugar donde se decidía mi vida. Ana escuchó en silencio, y su mano siguió apretando la mía, como si aquella noticia también fuera suya.
Ana aplazó su traslado a otra ciudad para quedarse una semana más y conocerme fuera de las habitaciones 214 y de los pasillos. No lo hizo por la promesa antigua, ni por la carta rasgada, ni por la culpa de haberme esperado tres años, sino porque quería comprobar si aquel primer día podía convertirse en algo real. Me dijo que una semana era poco tiempo para una vida, pero suficiente para un café, para una conversación y para saber si queríamos seguir viéndonos sin mentiras. Yo acepté sin hacer planes grandes, porque había aprendido que los planes grandes, cuando se escriben demasiado deprisa, se rompen con facilidad. Nos miramos, sonreímos con prudencia y dejamos que la semana que teníamos delante fuera, por fin, nuestra y no del hospital.