La casa que me robaron

Aquella misma tarde fuimos al banco, porque mi abuelo quería verificar que todo estuviera en orden. Yo necesitaba entender qué pasó con una casa que nunca había pisado. El edificio era frío, con aire fuerte y un silencio que hacía audibles nuestros pasos. Mientras esperábamos, yo repasaba la imagen de Camila en la puerta, con la pulsera de mi madre. Cuando nos atendieron, un ejecutivo revisó la escritura y frunció el ceño.

Nos pidió esperar, llamó a otra persona y volvió con una carpeta más gruesa. La historia de la casa parecía más larga y oscura de lo imaginado. Yo apreté las manos sobre mi regazo y miré a mi abuelo con ansiedad. Él asentía con seriedad mientras el ejecutivo ordenaba los documentos en silencio. Sabía que lo que venía no iba a ser fácil de escuchar para ninguno.

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