Kristen comenzó entonces a discutir con Trevor delante de todos, reprochándole haber perdido el control, haber actuado con violencia y haber convertido una fiesta privada en un problema legal que ya no podían ocultar. Le dijo que siempre le había advertido que no debía humillarme en público, aunque su sonrisa de la noche anterior desmentía cada palabra que ahora pronunciaba. Trevor le respondió que ella también había estado allí, que había sonreído y que no podía lavarse las manos después de disfrutar del espectáculo. La discusión subió de tono, se llenó de reproches viejos y de culpas nuevas, y los vecinos pudieron ver lo que yo llevaba años viendo en privado. La humillación pública invirtió los papeles de la noche anterior, porque esta vez no era yo quien recibía los golpes delante de otros, sino Trevor quien perdía su autoridad delante de su propia calle.
La casa que nunca fue suya