La casa que nunca fue suya

Cuando Kristen se marchó, sentí una inquietud que no me permitió quedarme quieta, porque su visita no parecía un arrepentimiento, sino una maniobra para ganar tiempo. Llamé a Alonso y le pedí que revisáramos juntos el inventario de la mansión, con calma y con la lista original que yo guardaba desde la compra. Recorrimos las habitaciones con atención, comprobando muebles, objetos decorativos y piezas con valor familiar, mientras la casa ya mostraba los signos de una mudanza apresurada. En el salón faltaba el relicario antiguo que yo había restaurado, aquel del estilo que la abuela de Trevor solía admirar y que él había apartado de un manotazo la noche de su cumpleaños. En el despacho faltaba también el reloj familiar, una pieza que había pertenecido a la abuela y que guardaba no solo un valor económico, sino una memoria que no se puede reemplazar con dinero.

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