Delante de todos, dijo que estaba harto de que apareciera sin avisar y esperara agradecimiento. Afirmó que aquella casa ya no tenía nada que ver conmigo, buscando con su desprecio la aprobación de los invitados. Kristen no lo interrumpió ni bajó la mirada; observó con una sonrisa silenciosa, como si disfrutara del espectáculo. Respiré despacio, mantuve la espalda recta y le recordé, con calma, quién había puesto los cimientos sobre los que caminaba. No levanté la voz, porque a los sesenta y ocho años sé que la verdad no necesita gritar, pero aquella frase sin ira bastó para hacerlo estallar.
Se levantó con la cara enrojecida y me empujó hasta que mis costillas chocaron contra el borde de la mesa. El dolor me recorrió el costado mientras las copas temblaban y algún invitado retrocedía. Luego empezó a golpearme y yo conté, no por incapacidad, sino para recordar con exactitud lo ocurrido. Una. Dos. Tres. Cada bofetada sonaba seca y, con cada golpe, se iban el respeto, la esperanza de reconciliación y las excusas que inventé durante años.