—Eso era lo que me dolía —le dije.
No quería ser la persona que siempre resolvía lo incómodo.
Quería ser su esposa.
Quería sentarme a la mesa como cualquier otra persona.
Quería disfrutar una comida sin calcular cuánto terminaría pagando por los demás.
Y quería que cuando alguien dijera “vamos a cenar”, significara exactamente eso, no “ella pagará al final”.
La familia de Chris no cambió de un día para otro.
Tampoco era necesario.
Lo importante fue que el límite quedó claro.
La próxima vez que alguien quisiera pedir algo, tendría que asumir su propia decisión.
Y la próxima vez que Chris escuchara la misma broma, tendría que decidir de qué lado estaba.
Meses después, volvimos a sentarnos todos juntos.
La conversación fue más tranquila.
Los pedidos fueron normales.