La respuesta fue bastante clara.
Siguieron pidiendo.
Siguieron agregando cosas.
Siguieron actuando como si aquella mesa les perteneciera y como si mi responsabilidad fuera hacer desaparecer la cuenta al final.
Cuando retiraron los últimos platos, mi cuñada se recargó satisfecha en la silla.
—Qué buena cena —dijo—. Hay que venir más seguido.
Chris soltó una risita incómoda.
Yo miré hacia la entrada del restaurante.
El mesero regresó.
Pero no llevaba una sola cuenta.
Llevaba varias.
Primero dejó frente a mí el consumo que yo había autorizado.
Después empezó a caminar alrededor de la mesa.
Una cuenta.
Luego otra.
Y otra.
Cada papel terminó frente a la persona correspondiente.
Al principio nadie entendió.
Después empezaron a sumar.
En menos de medio minuto, todos los adultos tenían exactamente lo que habían pedido.
Mi cuñada levantó su cuenta.
—¿Qué es esto?
—Lo que consumiste —respondí.