La dueña

La sala se llenó de murmullos suaves y divertidos, de esos sonidos que se comparten cuando todos entienden un chiste que la persona aludida no debería escuchar. Yo seguí inmóvil en el pasillo, con algo dentro de mí que se quedaba completamente en silencio. No era solo vergüenza ni solo rabia, sino la claridad repentina de quien descubre que una historia contada con cariño tenía otra versión en privado. Seis meses llevaba nuestra relación, seis meses de cenas tranquilas y paseos de fin de semana en los que Arturo me repetía cuánto le gustaba que yo fuera “sencilla”. Su calma aparente me gustaba, porque tras una relación anterior marcada por el dinero, aquella sencillez me parecía un refugio. Ahora, cada recuerdo se reordenaba con una luz distinta y me preguntaba cuántas conversaciones habían sido sinceras y cuántas solo buscaban confirmar que seguiría siendo discreta.

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