La dueña

Esa noche, mientras guardaba los documentos en mi bolso, mi teléfono vibró con un mensaje de Daniel. Al principio creí que sería otra excusa, pero el archivo adjunto tenía su firma y un tono demasiado calculado. Lo abrí despacio y leí cada condición con la misma atención con la que había leído la carpeta en la cena. No era una aclaración ni una disculpa, sino una propuesta que buscaba dejarme fuera del centro de la decisión. Esa noche, Daniel me envió una oferta firmada para comprar Briarwood por detrás de Northbridge, con la condición de que Arturo mantuviera su garantía personal y la boda siguiera adelante como si nada hubiera pasado.Parte 9. La confesión

Al día siguiente, pedí a Daniel una reunión con Nina presente y sin margen para improvisaciones. Llegó puntual, con una carpeta delgada y una expresión ensayada de buena voluntad. Le puse delante su oferta y la nota anterior a mi relación, y le pedí que explicara ambas cosas sin rodeos. Daniel dijo que no había planeado mi noviazgo, pero reconoció que había hablado de mí con Arturo antes de conocernos. Esa admisión cambió el tono de la conversación, porque ya no hablábamos de casualidades. Hablábamos de una presentación preparada con información que yo no había autorizado a compartir.

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