Cerré definitivamente mi relación con Arturo sin escenas ni mensajes de despedida interminables. Le devolví el anillo en un sobre, con una nota breve que no pedía respuesta. No era un gesto dramático, sino el final ordenado de algo que había dejado de ser honesto. Arturo no intentó retenerme con promesas nuevas, porque sabía que ya no había espacio para otra versión. Su madre no volvió a llamarme y su hermana solo me escribió una vez para desearme suerte. Acepté ese deseo sin rencor, porque no necesitaba enemigos para seguir adelante.
Conservé Northbridge y volví a mi oficina con la misma calma con la que había construido la empresa durante ocho años. Marcos y yo revisamos los proyectos pendientes y retomamos las decisiones que la historia con Arturo había dejado en pausa. Nina archivó la confesión y las pruebas, no como un trofeo, sino como un recordatorio de lo que no debía repetirse. La empresa seguía valiendo más de treinta y ocho millones, pero su valor real estaba en que nadie podía usarla sin mi autorización. Esa certeza valía más que cualquier rescate.