Durante la cena observé todo en silencio, dividida entre la mesa y lo que había escuchado en el pasillo. El padre de Arturo habló de Briarwood como un triunfo seguro, con la confianza de quien describe un proyecto terminado y no un terreno incierto. Su madre me sirvió vino y me preguntó, con una dulzura ensayada, si ya había pensado en vivir cerca de la familia, como si la cercanía fuera cariño y no control. Yo asentía en los momentos adecuados, reía en los momentos justos y sostenía la copa con calma, mientras anotaba mentalmente cada detalle para contrastarlo con los datos de Nina.
Entregué el regalo de aniversario con una sonrisa tranquila y brindé con sus padres como si la noche fuera solo una celebración familiar. Arturo me miró con orgullo, me tomó la mano por encima de la mesa y me presentó como la prueba de que su vida estaba en orden, sin sospechar que yo conocía la otra versión. Su hermana me observaba con una curiosidad que a veces parecía afecto y a veces vigilancia, y su madre comentó mi vestido sencillo como si la sencillez debiera agradecerse. Respondí con frases cortas y amables, sin dar información nueva, porque en una mesa así cada palabra podía confirmar lo que ellos ya creían.