La dueña

Poco después, el abogado de la familia entró al salón con una carpeta gruesa bajo el brazo y el ambiente cambió de forma casi imperceptible, pero evidente para quien estaba atenta. No llegó como invitado ni pidió disculpas, sino que saludó al padre de Arturo con familiaridad y se situó cerca de la mesa. La hermana de Arturo le dedicó una mirada cómplice, breve y elocuente, y su madre sonrió con una satisfacción que no intentó disimular. Arturo me tomó la mano con más firmeza y me miró con esa ternura ensayada que ya sabía reconocer, como si el gesto pudiera suavizar lo que iba a pedirme.

Mi amor, es solo un trámite para proteger a la familia. Firma aquí y ya está, dijo Arturo con voz suave, casi como si me ofreciera un favor y no un compromiso. La palabra solo me resonó de inmediato, porque ningún documento presentado con tanta prisa y tanta insistencia en su sencillez es realmente simple. Su padre asintió con naturalidad, su madre me miró como si esperara gratitud y su hermana bajó la vista hacia la carpeta con una sonrisa contenida. No retiré la mano de golpe, porque no quería convertir la cena en una escena, pero tampoco asentí, porque una firma bajo presión podía costar más que una discusión incómoda.

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