Entonces Rodrigo llamó a seguridad y a su abogado. Ignacio intentó arrebatarle el celular, pero un guardaespaldas se lo impidió. Los inversionistas se alejaron como si la elegancia del pasillo oliera a alcantarilla.
Elena quería irse.
Señor, no debería estar aquí.
Rodrigo la miró. Por primera vez, no como a un jefe, sino como a alguien que acababa de descubrir una verdad gracias a una chica con botas moradas.
—Te vas a quedar. Necesito que escuches algo.
Abrió otro archivo en la pantalla. Era una grabación. La voz de Ignacio sonaba clara, burlona y cruel.
“Dejen en paz a la señora de la limpieza. Es una distracción. Si algo desaparece, la culparán a ella. Tiene una hija, vive lejos y nadie le creerá.”
Elena sintió cómo el suelo desaparecía bajo sus pies.
Ya la habían señalado como la culpable incluso antes de que se cometiera el crimen.