Meses después, la mansión seguía siendo enorme, pero ya no parecía un museo. En la antigua biblioteca, Rodrigo colocó cuadros, cuentos y grandes hojas de papel. Elena solo accedió después de que Patricia aclarara por escrito que el espacio no justificaba horas extras ni disponibilidad obligatoria.
Sofi la bautizó como “la oficina colorida”.
Un viernes de diciembre, la escuela de Sofi organizó una exposición. Elena pensó que Rodrigo no iría. Pero a las nueve apareció en el patio, con aspecto de anciano perdido entre padres que cargaban mochilas.
El dibujo de Sofi estaba en la pared.
Una casa enorme. Una madre uniformada. Un hombre alto con la cara pintada. Un perro de peluche. Y un hombre de traje saliendo por una puerta pequeña con una bolsa en la mano.
La maestra había escrito el título que Sofi dictó:
“El día en que descubrimos al ladrón elegante.”