La niña pintó el rostro del millonario dormido y acabó descubriendo al verdadero ladrón de la mansión. (16 de julio de 2026)

—Tío, ya basta.

Ignacio soltó una risita.

—¿Eso es suficiente? Te están faltando al respeto delante de socios importantes.

—Tú eres el que está siendo irrespetuoso.

El silencio ha cambiado de manos.

Esa mañana, su asistente le había enviado un informe extraño: acceso nocturno a su oficina, copias de planos y pagos a proveedores desconocidos. La contraseña pertenecía a Ignacio. Rodrigo quería creer que se trataba de un error.

Ahora lo entiendo.

La crueldad del tío no era un rasgo inherente a su personalidad. Era una cortina de humo.

Rodrigo tomó el control remoto del sistema de seguridad y encendió la pantalla en el pasillo. Elena vio fechas, cámaras y horas. No lo entendió todo, pero presentía que algo grave estaba a punto de suceder.

El video mostraba a Ignacio entrando a la oficina a las 11:43 p. m. de la noche anterior. No estaba solo. Un hombre con gorra lo esperaba cerca del escritorio. Ignacio abrió un cajón, sacó una carpeta negra y la fotografió página por página con su teléfono celular.

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