—En ese entonces era igualita a mí.
—Todavía lo es.
En Millfield, medio pueblo decía que Rebecca era
la cara de su madre.
—Menos los ojos verdes —agregué—. Esos ojos siempre la hacían destacar.
Carol giró suavemente el rostro hacia el otro lado.
—Sí… definitivamente sí.
Se quedó en silencio unos instantes.
—A tu madre le habría encantado verla adulta.
Pensé en Ruth, mi mamá, muerta ya hacía una década. Todavía había gente en Millfield que la recordaba como una santa. Había enseñado catecismo por cuarenta años y jamás dejó de llevarle una cazuela caliente a algún vecino de luto.
—Mamá la habría malcriado sin medida.
De pronto, los dedos de Carol se cerraron con fuerza sobre los míos.
—Walt, dime… ¿he sido una buena esposa contigo, verdad?
La pregunta me tomó por sorpresa.