—¿Está bien, señora?
Asentí.
—Por primera vez en mucho tiempo, sí.
Aquella tarde regresé a mi casa y retiré el aviso amarillo de la puerta. Lo sostuve entre mis manos unos segundos. Después lo rompí.
No porque quisiera olvidar lo sucedido, sino porque ya no quería vivir con aquel miedo.
Dos semanas después, comenzaron las contracciones. Esta vez no estaba sola.
Mi abogada me había ayudado a organizar un plan para el parto y una amiga me acompañó al hospital.
Horas después nació mi hija. Pesó tres kilos y tenía unos ojos enormes que parecían observarlo todo.
Cuando la enfermera la colocó sobre mi pecho, comencé a llorar.
—Hola, Margaret —susurré.
Había decidido ponerle ese nombre en honor a la mujer que nos había dado una segunda oportunidad.
La enfermera sonrió.
—Es un nombre precioso.
Besé la frente de mi hija.