Me abofeteó por su madre y luego se enteró de que yo era el dueño de la mansión.

Me miré la mejilla en el espejo retrovisor.

“Lo hiciste público cuando me golpeaste delante de seis personas.”

Terminé la llamada y conduje hasta el despacho de mi abogado.

Para cuando

llegué, Daniel ya me había enviado un largo mensaje afirmando que la mansión le había sido prometida como regalo de bodas.

Mi abogado leyó el mensaje, abrió el expediente final y pasó a la última página.

Debajo de la de Daniel apareció una segunda firma.

El testigo era el tío de Daniel, uno de los familiares que se encontraba sentado en el vestíbulo cuando ocurrió la bofetada.

Años antes, Daniel le había pedido a su tío que asistiera a la clausura porque confiaba más en la familia que en los desconocidos.

Esa tarde, el mismo hombre había visto a Daniel golpearme y decir que la casa pertenecía a Evelyn.

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