—Gracias por decírmelo —respondí—. No cambia nada entre nosotros. Pero creo que tú necesitabas decirlo más de lo que yo necesitaba escucharlo.
—¿Piensas alguna vez en cómo éramos al principio?
Miré una fotografía vieja que todavía estaba guardada en un cajón.
Nuestra boda en Ajijic.
Ricardo tomándome ambas manos.
Su madre llorando.
Arturo sonriendo detrás de nosotros.
—Sí —dije—. No creo que el principio fuera mentira. Creo que tú sí querías esa vida cuando prometiste construirla conmigo.
—Yo también.
—Solo dejaste de ser el hombre que podía sostener esa promesa.
El divorcio terminó a principios de diciembre.
Cuando salí con mis documentos, el aire estaba frío y limpio.
Por primera vez en meses no llevaba ningún expediente oculto en la bolsa.
Ninguna copia.
Ninguna prueba.
Ninguna conversación pendiente.
Solo mis papeles.
Mi teléfono vibró.
Era un correo de una firma financiera nacional.