Mi suegra Beatriz.
Ricardo.
Mi cuñado Mauricio.
Dos números desconocidos.
No respondí.
El sábado, a las diez y media, tocaron el timbre de casa de Daniela.
Arturo estaba afuera con traje.
Beatriz apretaba el bolso contra el pecho.
Mauricio permanecía detrás.
Ricardo ni siquiera podía mirarme.
Con ellos venía Salvador Cárdenas, el abogado que llevaba décadas resolviendo problemas para la familia.
No los invité a pasar.
—Mariana —dijo Arturo—, necesitamos hablar como familia.
—Esto dejó de ser un asunto familiar cuando alguien puso mi nombre en un documento que yo nunca firmé.
Salvador dio un paso al frente.
—El dictamen de un perito no convierte automáticamente una irregularidad documental en un delito. Además, el acceso que usted tuvo a información confidencial del banco podría generar cuestionamientos muy serios.
Ximena me había preparado exactamente para aquello.
—Mi reporte fue presentado por el canal interno antes de que ustedes recibieran la notificación. Está fechado y registrado. Así que si vinieron a amenazarme con mi propio trabajo, llegaron tarde.