Mi hermano humilló a mi esposa en la fiesta que yo estaba pagando. No imaginaba que las cajas adicionales todavía necesitaban mi autorización.

Lily apretó mi mano al cruzar la puerta principal.

Afuera, el aire fresco de Chihuahua nos pegó en la cara. Caminamos hasta el coche sin decir una palabra. Ella buscó las llaves en su bolsa por costumbre, aunque yo era quien iba a manejar. Cuando se dio cuenta, soltó una sonrisa pequeña y triste.

—Traigo la cabeza hecha bolas —me confesó.

—Lo sé.

Abrí el coche y esperé a que se sentara. Antes de entrar por mi lado, me quedé unos segundos mirando las luces del salón. Desde afuera, la fiesta seguía pareciendo una celebración elegante. Nadie que pasara por la calle habría imaginado lo que acababa de ocurrir adentro.

Ya sentados, Lily se quedó mirando su vestido.

—Pensé que me había arreglado bien —dijo.

Sentí un nudo en la garganta.

—Te veías muy bonita. Te ves muy bonita.

—Entonces no entiendo por qué me habló así.

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