Ryan se acercó al escuchar su voz.
—Claro que lo va a cubrir. Somos familia.
Después me miró de esa manera que conocía desde niño, como si estuviera recordándome que contradecirlo delante de otras personas era una falta de respeto.
—Apruébalo y luego arreglas lo de tu señora —dijo—. No me vayas a dejar mal justo ahora.
Sentí la cara caliente. No por el dinero, aunque la cantidad nueva no era poca cosa, sino porque mi hermano acababa de convertir la dignidad de Lily en un inconveniente que esperaba resolver después del brindis.
—¿Y tú crees que no me estás dejando mal a mí? —le pregunté.
Ryan se inclinó hacia mí.
—Una persona agradecida sabe cuándo hacerse a un lado.
No supe si hablaba de mi esposa o de mí.
Lily tenía los ojos húmedos, pero seguía de pie junto a mi hombro. Una invitada le acercó una servilleta y ella se la devolvió educadamente, como si estuviera detrás del mostrador de la cafetería.