Su taza favorita seguía en la repisa de arriba.
Por la ventana podía ver el pequeño huerto que él cuidaba. En el marco de la puerta del cuarto de lavado permanecían las marcas de lápiz con las que medíamos la estatura de Ethan y Sarah cuando eran niños.
Aquella casa no había aparecido de la nada.
Robert y yo habíamos pagado una hipoteca durante años. Habíamos renunciado a vacaciones, comprado muebles de segunda mano y trabajado horas extras. Cuando alguno de los niños necesitaba algo importante, buscábamos la manera de conseguirlo.
Nunca les contamos aquellos sacrificios para cobrarles una deuda. Los hicimos porque eran nuestros hijos.
Sin embargo, últimamente Ethan hablaba de mi dinero como si no tuviera historia ni límites.
Abrí la computadora.
El primer correo que busqué fue el del banquete. Leí el contrato completo, algo que no había hecho cuando lo firmé meses atrás. Entonces estaba demasiado ocupada tratando de conseguir la fecha que Chloe quería.