Durante años me hicieron creer que mi valor dependía de ser útil, callada y fácil de manejar.
Al final, recuperar mi herencia fue importante.
Pero recuperar mi derecho a decir “sí”, “no”, “todavía no” y “esto lo decido yo” valió mucho más.
Porque el día que mi familia creyó entregarme al hombre más pobre de la sierra para castigarme, ellos pensaron que estaban decidiendo mi destino.
En realidad, fue el último día en que permití que alguien más lo decidiera por mí.