bajé al vestíbulo, donde había cámaras y personal de seguridad.
Daniel estaba sentado en un sofá.
Había adelgazado.
Su camisa estaba arrugada y tenía profundas ojeras.
Cuando me vio, se levantó.
—Emily.
—Tienes cinco minutos.
Me miró como si no reconociera a la mujer frente a él.
—Quería disculparme.
Esperé.
—Cometí errores. Muchos. Pero todo fue complicándose y no supe cómo detenerlo.
—¿Qué parte no supiste detener? ¿La aventura? ¿La denuncia falsa? ¿O los movimientos de dinero?
Bajó la mirada.
—No esperaba que terminara así.
—Yo tampoco esperaba casarme con
alguien capaz de hacerme esto.
Daniel sacó un sobre de su chaqueta.
—Tengo una propuesta.
No lo tomé.
—Explícate.
—Voy a aceptar el divorcio. No discutiré por los muebles ni por el automóvil. Incluso estoy dispuesto a asumir parte de los gastos legales.
Lo observé.
—¿A cambio de qué?
Su silencio respondió antes que sus palabras.