también terminó.
Y yo estoy bien.
No porque haya ganado una batalla contra otras personas, sino porque recuperé el derecho de decidir cómo quiero vivir.
Gracias a quienes me acompañaron”.
Pulsé publicar.
Luego dejé el teléfono sobre la mesa.
Unos minutos después recibí un mensaje de un número desconocido.
“¿De verdad eres feliz ahora?”
No necesitaba preguntar quién lo había enviado.
Reconocí la manera de escribir.
Daniel.
Miré alrededor.
Mi apartamento estaba limpio y luminoso.
Sobre el escritorio había planos de un nuevo proyecto.
En la cocina se enfriaba una
taza de té.
En el calendario tenía apuntado un viaje de fin de semana con mis padres.
No tenía un marido esperándome.
No tenía una mejor amiga a quien contarle mis secretos.
Pero tampoco tenía que vivir vigilando expresiones, justificando silencios ni haciendo pequeños sacrificios diarios para que otras personas estuvieran cómodas.