Fue entonces cuando recordé a Helen, una vecina que vivía dos casas más adelante.
Nos conocíamos desde hacía años. Cada vez que yo regresaba a Filadelfia, ella echaba un vistazo a mis ventanas después de las tormentas.
Salí a buscarla.
Helen abrió la puerta envuelta en un suéter grueso.
—Rosalind, querida. Pensé que no venías hasta el mes próximo.
La frase volvió a helarme.
—¿Quién te dijo eso?
—Peter. Me llamó hace unos días para decirme que estaban preparando la casa.
—¿Viste que cambiaran la cerradura?
Helen frunció el ceño.
—El miércoles llegó un cerrajero con Tiffany. Pensé que te habían avisado.
Le expliqué lo ocurrido.
Mi vecina se llevó una mano a la boca.
—También vi a una pareja mirando la terraza desde la calle. Tiffany les enseñó el jardín. Creí que eran amigos.